Por Armando Maya Castro
Joseph Ratzinger es responsable, en buena medida, de la crisis por la que atraviesa actualmente la Iglesia católica |
Los
ejemplos del papa Benedicto XVI, empleados para justificar su inesperada
renuncia al papado y a su condición de gobernante de la Iglesia católica,
evidencian aún más su falta de respuesta a las necesidades de los católicos y
al propósito para el que fue elegido por los 114 cardenales que lo elevaron a
la silla papal la tarde del 19 de abril del año 2005.
En
su último Ángelus, Joseph Ratzinger hizo referencia al pasaje bíblico que narra
la transfiguración del Señor Jesús en el monte Tabor, sitio en el que decidió refugiarse
en la oración, alejándose a cierta distancia de los apóstoles que le
acompañaban: Pedro, Jacobo y Juan. El relato es real e incuestionable. Sin
embargo, a Benedicto XVI le faltó aclarar que Jesús de Nazaret se retiró de
ellos sólo de manera momentánea. No lo hizo definitivamente, como ha decidido
hacerlo Benedicto XVI a partir del próximo 28 de febrero. El ejemplo utilizado
por el papa, en vez de ayudarle, pone en evidencia su fe y vocación.
La
memorable oración de Cristo en aquel lugar le sirvió para fortalecerse y
cumplir en lo sucesivo la encomienda de redención que recibió del Padre. Que
quede claro: el Hijo de Dios no se refugió en la oración para darle la espalda a
su destino, sino para encontrar en ella la fortaleza requerida para culminar exitosamente
su misión y poder decirle al Padre: “…he acabado la obra que me diste que
hiciese” (Jn. 17:4).
A
los apóstoles de Cristo los distinguía la misma fe. Ninguno de ellos renunció
jamás a su ministerio, a pesar de haber enfrentado situaciones complicadas. En medio
de las adversidades dieron la batalla y demostraron ser verdaderos héroes de la
fe. El amor a Dios y a las almas les proporcionó la fuerza necesaria para avanzar
contra viento y marea. Uno de ellos, san Pablo, escribió a Timoteo en los
siguientes términos: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he
guardado la fe” (1 Ti. 4:7). Este apóstol y sus compañeros en el ministerio entendían
la importancia de terminar la carrera y resistir hasta el final.
A
lo largo de sus más de siete años de pontificado, Benedicto XVI llevó el título
de Vicario de Cristo, que significa “hacer las veces, asumir la representación,
actuar en nombre y por mandato de Cristo”. Significa que a partir del momento
de su elección debió comenzar a mostrar al mundo la fisonomía y rasgos de
Cristo. Uno de esos rasgos, muy característico en el Hijo de Dios, es su
condición de triunfador. Así lo demostró cuando dijo a sus discípulos: “yo he
vencido al mundo”.
El
papa muestra falta de fe y vocación si renuncia al trono papal por las razones
que dio a conocer el pasado 11 de febrero: edad avanzada y falta de fuerzas; evidencia
cobardía si su renuncia ha sido obligada, como sostiene el diario italiano La
República, por los casos de corrupción, tráfico de influencias y escándalos
sexuales en el Vaticano. Está más que claro que un auténtico enviado Dios hubiera
enfrentado la situación de manera distinta, sin haber renunciado a su encargo.
Con
su renuncia, el papa no puede deslindarse de su responsabilidad en lo que
respecta a los abusos sexuales cometidos por centenares de sacerdotes alrededor
del mundo. El pasado 14 de febrero, el ex sacerdote Alberto Athié volvió a
inculpar a Benedicto XVI como el “protagonista y actor […] del encubrimiento de
muchísimos casos de abusos de niños y niñas, de los que ya sabemos que la
Iglesia sabía, que él sabía, que tenía información y que no actuó, que dejó
pasar y que incluso permitió que se siguieran cometiendo esos abusos”.
Desde
antes de su elección al papado, Ratzinger tenía conocimiento de los abusos
sexuales que algunos miembros del clero cometían en Irlanda, México y Estados
Unidos, así como de las pugnas internas entre los miembros de la curia romana, mismas
que fueron evidenciadas por el Vatileaks, la fuga de documentos confidenciales de
Benedicto XVI. Sin embargo, la mayoría de estos casos quedaron en la impunidad
a lo largo de su pontificado.
Algunos
dignatarios de la Iglesia católica han querido hacernos creer que la renuncia
papal es un ejemplo que los líderes sindicales, políticos y gobernantes deberían
imitar, en vez de aferrarse al poder. El prelado que le dio esta lectura a la
abdicación de Joseph Ratzinger sostuvo que debe admirarse y valorarse “su
clarividencia evangélica para decidir el momento oportuno; su generosidad
espiritual al no estar aferrado a un puesto; su gran libertad para tomar
decisiones tan trascendentes, y sobre todo su arraigado y sacrificado amor a la
Iglesia”.
Los
jerarcas católicos son libres para interpretar la renuncia papal como bien les
parezca. Lo que no podrán hacer, ni hoy ni nunca, es ocultar las pruebas que
demuestran que Benedicto XVI es responsable, en buena medida, de la crisis por
la que atraviesa actualmente el catolicismo.
@armayacastro
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