martes, 1 de abril de 2014

LIMITACIÓN DE PODER, NO DE LIBERTADES

Por Armando Maya Castro
Juárez y los hombres de la reforma limitaron el poder de la Iglesia católica, no sus libertades

"La historia de muchas libertades en México es la historia de la limitación del poder de la institución católica", afirma Roberto Blancarte, investigador de El Colegio de México. Al ejemplificar su aseveración, el especialista en temas de religión y laicidad, señala: "Una de las primeras libertades civiles fue precisamente la libertad de creencias y de culto,  misma que debió ser impuesta en contra del parecer de la jerarquía católica".

En varios países, y en diferentes momentos de la historia, los jerarcas católicos se han opuesto a las leyes que han sido creadas para garantizar las llamadas libertades fundamentales. Casi siempre, sus protestas han sido enérgicas y se han hecho bajo  el argumento de que dichas leyes intentan limitar las libertades de la Iglesia católica, en vez de reconocer ante la gente que han impugnado leyes que entorpecen sus aspiraciones políticas y económicas.

Sobre este punto en particular, conviene que veamos lo que ha dicho el teólogo brasileño Leonardo Boff, una de las voces más críticas de la Iglesia católica en Latinoamérica, y quien fue juzgado en 1984 por la Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida en ese tiempo por Joseph Ratzinger: "La Iglesia-institución tuvo que defenderse de quienes propugnaban libertades. De ahí que, especialmente a partir del siglo XVI, la Iglesia se definirá por los 'contra': contra la reforma (1521), contra las revoluciones (1789), contra los valores hoy consagrados, como la libertad de conciencia, condenada todavía en 1846 por Gregorio XVI como ‘deliramentum’ (DS 2730), la libertad de opinión, anatematizada como 'pestilentísimo error' por el mismo Papa (DS 2731), contra la democracia, etc.” (Leonardo Boff, Iglesia, carisma y poder: ensayos de eclesiología militante, Sal Terrae, Cantabria, 1982, p. 105).

En nuestro país el clero se definió también por los “contra”: contra la independencia de México, contra la Constitución de 1857, contra las Leyes de Reforma de 1859-1860 (elevadas a rango constitucional en 1873) y contra la Constitución de 1917. Es importante mencionar que la intención de los liberales de mediados del siglo XIX no era limitar las libertades de la Iglesia católica, sino crear leyes capaces de consolidar la independencia nacional y el crecimiento económico de México. Esto último se logró cuando entraron en circulación las riquezas acumuladas por la Iglesia católica.

En la lucha contra los liberales, encabezados por Juárez y Santos Degollado, la Iglesia católica no estuvo sola; contó con el apoyo decidido e incondicional de las clases sociales privilegiadas y del Partido Conservador, quien ganó algunas batallas en el marco de la Guerra de Reforma (1857-1860), pero terminó siendo derrotado por el ejército liberal.

No se necesita un análisis muy minucioso para darnos cuenta que ninguna de las leyes liberales limitaban las libertades de la iglesia católica. Limitaban, eso sí, el afán de ganancias y la sed de poder de la jerarquía romana, poseedora –en ese tiempo– de las dos quintas partes de la riqueza de la nación.

“No debe olvidarse –afirma Sergio Guerra Vilaboy– que hasta la aplicación de la Reforma, la Iglesia católica poseía en México casi la mitad de las tierras de cultivo, y las que no le pertenecían pagaban cuantiosos censos o capellanías o en gran parte estaban en manos de terratenientes señoriales, que constituían una especie de aristocracia enfeudada vinculada al clero por las leyes canónicas y mediante el vínculo de las deudas" (Adalberto Santana y Sergio Guerra Vilaboy (compiladores), Benito Juárez en América Latina y el Caribe, UNAM, México, 2006, p. 47).

Insisto: las leyes que crearon Juárez y los hombres de la reforma nunca impidieron el quehacer religioso de la iglesia católica; no eran contrarias a la libertad religiosa, sino a los intereses de un clero ávido de riqueza y dominación, vinculado irremisiblemente a los poderosos de la época. La historia se repitió en la segunda década del siglo XX: la Constitución de 1917 generó insatisfacción en la jerarquía católica, quien se opuso a la redacción de los artículos 3°, 5°, 24, 27 y 130 de ese código.

Acostumbrados a los privilegios y prerrogativas que recibieron durante el porfiriato, los obispos católicos protestaron al proclamarse la Carta Magna que actualmente nos rige: "Ese Código hiere los derechos sacratísimos de la Iglesia católica, de la sociedad mexicana y los individuales de los cristianos; proclama principios contrarios a la verdad enseñada por Jesucristo, la cual forma parte del tesoro de la Iglesia y el mejor patrimonio de la humanidad; y arranca de cuajo los pocos derechos que la Constitución de 1857 (admitida en sus principios esenciales como ley fundamental por todos los mexicanos) reconoció a la Iglesia como sociedad y a los católicos como individuos" (El Universal, 24 de febrero de 1917).

La oposición  del clero a la Constitución de 1917 se repitió en la administración de Plutarco Elías Calles, quien buscó limitar la participación del clero en la vida pública. Las medidas callistas desencadenaron la furia de los altos jerarcas de la Iglesia católica, quienes dispusieron el cierre de los templos, provocando un clima de inconformidad que ocasionó el estallido de la guerra cristera.


Sólo hay algo que puede evitar que el clero romano recupere los privilegios y poder que tuvo en el pasado: el Estado laico, régimen jurídico que limita el poder de las iglesia, garantiza la libertad de conciencia, combate la intolerancia religiosa, brinda un trato igualitario a las asociaciones religiosas y garantiza el ejercicio de nuestros derechos. 


sábado, 29 de marzo de 2014

EL EDICTO DE TESALÓNICA Y LA INTOLERANCIA RELIGIOSA

Por Armando Maya Castro
Los edictos de Milán (313) y de Tesalónica (380), promulgados por Constantino y Teodosio, respectivamente, colocaron a la Iglesia católica en una posición de privilegio. Desde entonces, las demás religiones fueron acosadas y perseguidas por el Estado y por la misma Iglesia católica

El 27 de marzo del año 380 d. C., el emperador Teodosio I promulga el Edicto de Milán, que decreta el catolicismo como religión oficial del Imperio romano. En dicho decreto, conocido también como "Cunctos Populos", el emperador ordenaba: "Mandamos que todos los pueblos sujetos a nuestra autoridad observen la religión que el apóstol Pedro anunció a los romanos, la religión profesada por el pontífice Dámaso y el obispo Pedro de Alejandría" (José Orlandis, La conversión de Europa al cristianismo, Rialp, Madrid, 1988, p. 20).

Tras la promulgación del citado edicto el poder de la Iglesia católica se extendió y la intolerancia religiosa se incrementó a lo largo y ancho del imperio romano. En junio de 391, Teodosio prohibió mediante otro decreto la apertura de los templos paganos, así como la realización de sacrificios y cultos religiosos en honor de los dioses de la antigua religión romana.

Las nuevas disposiciones imperiales abrieron el camino para la destrucción y/o clausura de los lugares de adoración que en la vigencia de la religión romana fueron dedicados a la práctica del culto pagano. A partir de los edictos de Teodosio a favor del catolicismo, la religión pagana de la antigua Roma se convirtió en un delito de Estado y comenzó a practicarse –por temor a los severos castigos que se imponían a los no católicos– en la más absoluta clandestinidad. Los adoratorios que no fueron demolidos comenzaron a ser utilizados en actividades de carácter secular.

La antigua religión romana comenzó a perder algunos de sus privilegios en junio del año 313. En esa fecha, el emperador Constantino el Grande firmó con el tetrarca Licinio el Edicto de Milán, en el que los dirigentes de los imperios romanos de Occidente y Oriente proclamaron: "Habiendo advertido hace ya mucho tiempo que no debe ser cohibida la libertad de religión, sino que ha de permitirse al arbitrio y libertad de cada cual se ejercite en las cosas divinas conforme al parecer de su alma, hemos sancionado que, tanto todos los demás, cuanto los cristianos, conserven la fe y observancia de su secta y religión [...] A los cristianos y a todos los demás se les conceda libre facultad de seguir la religión que a bien tengan; a fin de que quienquiera que fuere el numen divino y celestial pueda ser propicio a nosotros y a todos los que viven bajo nuestro imperio. Así, pues, hemos promulgado con saludable y rectísimo criterio esta nuestra voluntad, para que a ninguno se niegue en absoluto la licencia de seguir o elegir la observancia y religión cristiana. Antes bien sea lícito a cada uno dedicar su alma a aquella religión que estimare convenirle" (Juan Carlos Rivera Quintana, Breve Historia de Carlomagno y el Sacro Imperio Romano Germánico, Nowtilus, Madrid, 2009, p. 21).

¿Fue éste en realidad un edicto de tolerancia? Diversos autores sostienen que no. Y no lo fue porque a partir de su promulgación se otorgó a la Iglesia católica –por encima de las demás religiones– una serie de prerrogativas y privilegios especiales. Al respecto, Edward Gibbon escribe en su obra Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano: "El edicto de Milán, la gran cédula de la tolerancia, había confirmado a todo individuo del mundo romano el privilegio de elegir y profesar su propia religión. Pero este inestimable privilegio pronto fue violado: con el conocimiento de la verdad el emperador asimiló las máximas de la persecución, y las sectas que discrepaban de la Iglesia católica fueron acosadas y oprimidas por el triunfo del cristianismo".

La historia demuestra que Constantino y Teodosio se dedicaron –cada uno en su tiempo y gestión– a favorecer a la Iglesia católica. El escritor Manolo García Álvarez sostiene que Teodosio creó la figura del hereje y decretó que “el propio Estado debía ocuparse de hacer cumplir la voluntad celestial. Esto es, instauraba el principio por el cual el Estado actuaba en nombre de la Iglesia. Si con Constantino la Iglesia se había romanizado, con Teodosio el Estado se cristianizaba. La Edad Media había comenzado".

Y ya que el autor antes mencionado nos sitúa en el medievo, aprovecho para evocar los excesos que en ese tiempo se cometieron en nombre de la fe y la religión. Me refiero, evidentemente, a la inquisición, a las cruzadas, al antisemitismo y a muchas otras prácticas que hicieron de la Edad Media un periodo de crueldad, oscurantismo, intolerancia religiosa y tiranía papal.


Lamentablemente, después de mil seiscientos treinta y cuatro años de la promulgación del Edicto de Tesalónica, la intolerancia religiosa sigue generando lamentables episodios en varios países del mundo. Aunque la Edad Media pertenece a un pasado distante que no volverá, la intolerancia que inauguraron Constantino y Teodosio sigue ocasionando segregación, dolor y muerte en varios países de la tierra, incluido nuestro querido México.


Twitter: @armayacastro

miércoles, 26 de marzo de 2014

REFORMA MIGRATORIA EN EU, ¿DE QUIÉN SERÍA EL MÉRITO?

Por Armando Maya Castro
De lograrse la reforma migratoria en Estados Unidos, el mérito será de los millones de inmigrantes que realizan  importantes esfuerzos para lograr su legalización en esa nación

Desde hace algunas décadas, millones de inmigrantes indocumentados en Estados Unidos realizan importantes esfuerzos para lograr una reforma migratoria que les permita vivir y trabajar legalmente en esa nación.

Hasta ahora, la respuesta del gobierno estadounidense a los esfuerzos y acciones de los grupos que se han organizado para conseguir dicha reforma ha sido el endurecimiento racista de los controles fronterizos: la construcción de una serie de muros, la militarización de su frontera con México, la criminalización de la migración, las deportaciones masivas y la descalificación de los inmigrantes.

Los esfuerzos de los interesados en la reforma migratoria se intensificaron luego de que la Cámara de Senadores del Congreso federal estadounidense aprobara (con 68 votos a favor y 32 en contra) el proyecto de ley S. 744, el cual abre el camino para modificar las leyes de inmigración y regularizar a poco más de 11 millones de inmigrantes indocumentados.

Lamentablemente, el proyecto de ley avalado por el Senado el 27 de junio de 2013 está estancado en la Cámara de Representantes, donde los republicanos –que son mayoría–  se oponen a que se proporcione a los inmigrantes indocumentados una vía para la ciudadanía.
Me interesa señalar que el proyecto de ley en cuestión está enfocado más a la seguridad de Estados Unidos que a favorecer a quienes permanecen en la Unión Americana en calidad de indocumentados. No olvide usted que el proyecto aprobado por el Senado lleva el nombre de Acta para la Seguridad Fronteriza, Oportunidad Económica y Modernización Migratoria.

Alejandra Gordillo, secretaria ejecutiva del Consejo Nacional de Atención al Migrante de Guatemala (Conamigua) señala al respecto: “La simple aprobación del proyecto con ese nombre denota cuáles van a ser las prioridades”. Abundando en el tema, la funcionaria de Conamigua indica: “No se está discutiendo una reforma migratoria integral, sino que tiene más tinte de seguridad, y no va a beneficiar a los 11 millones de migrantes para nada”.

Existe sin embargo la confianza de que el presidente del Congreso, el republicano John Boehner, negocie este año una reforma migratoria integral, pese a que sus actitudes y declaraciones indican lo contrario. No olvidemos que en enero pasado, Boehner entregó una lista de principios de la reforma migratoria que incluyó una dura vía de legalización para indocumentados con antecedentes criminales y que pagaran importantes multas, pero una semana más tarde dijo que el partido Republicano no debatiría la reforma en el presente año.

Ante la negativa de la Cámara de Representantes, algunas voces han propuesto una nueva solución para detener la ola de deportaciones. No es necesario –afirman– aprobar una ley que otorgue acceso a la ciudadanía: “basta con aprobar algo que les permita a los indocumentados trabajar y vivir en Estados Unidos sin temor a ser deportados”.

Esta propuesta resulta cómoda para el presidente Barack Obama, quien ha dicho más de una vez que no quebrantó su promesa de promover una reforma migratoria, asegurando que ha hecho “bastante” para mitigar los efectos de las deportaciones.

Más allá de Obama y de la renuente actitud de los republicanos, los mexicanos esperamos que prosperen los esfuerzos de nuestros hermanos en el vecino país del norte. Cuando esto ocurra –porque confiamos que ocurrirá– deberá darse el mérito a quienes lo tienen, no a los ruegos e intervención del papa. Menciono esto porque un grupo de mexicanos radicados en Estados Unidos tendrán el día de hoy una audiencia con el papa Francisco para pedirle que, durante la visita de Barack Obama al Vaticano, no deje fuera de la agenda el tema de la inmigración, como se había anunciado. Esta delegación confía que la “autoridad moral” del papa puede generar el movimiento para desatorar el empantanamiento parlamentario con respecto a la reforma.

Entre los activistas que pretenden entrevistarse con Jorge Mario Bergoglio figuran Jerzy Vargas, de 10 años de edad, y Carla Pérez, de 15, cuyos padres, Claudia Navarro y Daniel Pérez, afrontan actualmente un proceso de deportación. Estos pequeñines solicitarán al pontífice romano que interceda por una reforma migratoria cuando se entreviste con Obama. 

Estará de acuerdo conmigo, estimado lector, que de lograrse la tan anhelada reforma, los indocumentados que viven en Estados Unidos deberán tener la madurez para darle el mérito a quien lo tiene: a sus propios esfuerzos, así como a las valientes acciones de millones de personas y activistas que se han expuesto a ser deportados y encarcelados por lograr una reforma migratoria que beneficie a los indocumentados que viven en territorio estadounidense.

Twitter: @armayacastro

sábado, 22 de marzo de 2014

SEMANA CONTRA EL RACISMO

Por Armando Maya Castro

El 15 de noviembre de 1979, como parte de su programa para el primer Decenio de la lucha contra el racismo y la discriminación racial, la Asamblea General de las Naciones Unidas resolvió que todos los años, en todos los Estados, la semana comprendida del 21 al 28 de marzo fuera declarada "Semana de la solidaridad con los pueblos que luchan contra el racismo y la discriminación racial" (resolución A/RES/34/24).

Esta resolución, y otras que sería imposible mencionar en este espacio, dejan constancia de los esfuerzos que ha venido realizando la ONU para acabar con la discriminación étnico-racial. Desde su fundación, este organismo internacional se ha ocupado de este problema, consagrando la prohibición de la discriminación racial en todos los instrumentos principales de derechos humanos. 

A pesar de que la ONU establece obligaciones concretas para los Estados y les encomienda la tarea de erradicar la discriminación étnico-racial, los prejuicios raciales siguen teniendo dañina presencia en varias naciones del mundo.

Lamentablemente los esfuerzos y acciones contra el racismo son recientes. Comenzaron a darse después de la Segunda Guerra Mundial, en cuyo marco se perpetró el genocidio nazi, uno de los mayores en la historia de la humanidad.

La historia demuestra que la mayor parte de los crímenes de lesa humanidad, las prácticas racistas y las persecuciones antisemitas han estado ligadas –directa o indirectamente– a fuertes prejuicios étnicos o raciales.

Si desde los primeros brotes de racismo la humanidad hubiera realizado una labor similar a la que la ONU ha efectuado en las últimas seis décadas, los prejuicios raciales, la xenofobia y las demás formas de violencia e intolerancia serían inexistentes.

Entiendo perfectamente bien que nada podemos hacer para corregir las masacres y horrores del pasado. Sin embargo, todos podemos contribuir en nuestro entorno a la construcción de un mundo mejor, libre de prácticas violatorias a los derechos humanos, tales como el maltrato al diferente y la discriminación en sus distintas expresiones.

Nuestra contribución puede evitar que se repitan genocidios como los perpetrados por Leopoldo II de Bélgica (responsable de la muerte de más de 8 millones de congoleños) y Adolfo Hitler en la Alemania Nazi, donde el racismo hitleriano –perpetrado en nombre de la supuesta superioridad de la “raza aria”– llevó a la muerte a seis millones de judíos.

Los seres humanos de hoy debemos aceptar que todas las personas tienen derecho a una protección igual y efectiva contra cualquier tipo de discriminación. Deben admitirlo los habitantes de Estados Unidos, donde los estereotipos y prejuicios raciales siguen generado dolor y exclusión en millones de mexicanos y centroamericanos.

La encuesta que Sergio Bendixen realizó en 2007 para el Banco Interamericano de Desarrollo demuestra esta dolorosa realidad: una tercera parte de los mexicanos y centroamericanos que fueron encuestados aseguró que el principal problema de Estados Unidos es la discriminación. La encuesta reveló, además, que el 83 por ciento de los mexicanos y el 79 por ciento de los centroamericanos consideran que la discriminación va en aumento en ese país.

El proceder racista y el sentimiento antiinmigrante que predomina en varios estados de la Unión Americana ha erosionado la imagen positiva de defensa de los derechos humanos que esa nación ha venido construyendo. Afortunadamente no toda la población estadounidense es racista. Millones de norteamericanos consideran que las segregaciones raciales, las leyes discriminatorias y las actitudes en contra de determinadas nacionalidades deben ser suprimidas. El problema es que esas voces casi no se escuchan, ya que quienes ejercen el poder en Estados Unidos se ocupan más de los derechos humanos en el exterior.

¿Y cómo estamos en México en materia de discriminación racial? ¿Existe o vivimos en un paraíso libre de este fenómeno? La respuesta a estas interrogantes nos la da Ricardo Bucio Mújica, presidente del CONAPRED: "El racismo se ensaña mayormente con la población indígena. Ser o parecer indígena es motivo de racismo y discriminación. Algunas de las condiciones estructurales que se presentan con el fenómeno de la discriminación son la pobreza, la desigualdad social, la falta de oportunidades y la impunidad. Afecta principalmente a grupos o personas en situación de vulnerabilidad como: mujeres, jóvenes, niñas y niños, personas adultas mayores, indígenas, personas con discapacidad, personas de la diversidad sexual y afrodescendientes”.


La Semana de la solidaridad con los pueblos que luchan contra el racismo y la discriminación racial es una buena oportunidad para que las naciones de la tierra recuerden que la Declaración Universal de los Derechos Humanos, proclamada en 1948, prohibió terminantemente todo acto de racismo, xenofobia o discriminación que pudieran impedir el desarrollo de las personas. La eliminación o reducción de los prejuicios raciales es una tarea compleja y sólo se logrará con nuestra contribución perseverante. Hagamos lo que corresponde y marca la ley cada vez que estemos ante un brote o manifestación de racismo.


Twitter: @armayacastro

jueves, 20 de marzo de 2014

ESTADO LAICO, A 208 AÑOS DEL NACIMIENTO DE JUÁREZ

Por Armando Maya Castro



“La sociedad libre y abierta de la que gozamos en la actualidad se la debemos al liberalismo, por ello, su obra no puede ser clasificada como simple anticlericalismo, pues la desamortización de los bienes de la Iglesia, el hacer civil el matrimonio, el nacimiento y la muerte, el afirmar el Estado laico, el suprimir el fuero eclesiástico, constituyen elementos que conformaron 'la secularización de la sociedad', según la expresión del presidente Benito Juárez, estadista cuya mayor virtud fue la constancia heroica, a la que ineludiblemente ciñó todos sus actos, a la que irreductiblemente atrajo el talento, la capacidad y la vocación republicana de sus contemporáneos; de esa enorme generación de treinta hombres que escribieron la brillante página de la Reforma".

El párrafo anterior es de la autoría de Enrique Peña Nieto; forma parte del prólogo que redactó para el libro “Benito Juárez y la transcendencia de las Leyes de Reforma”, escrito por Víctor Humberto Benítez Treviño, quien –nos dice– se abocó a integrar diversos documentos para elaborar su libro, “realizando una interpretación histórica, sobre el contexto en que aconteció la Reforma, a la luz de los testimonios que a través de tres siglos se han elaborado sobre la vida del Benemérito de las Américas…”.

Corría el año 2006 cuando Peña Nieto prologó la obra antes mencionada; se desempeñaba como gobernador del Estado de México, cargo que le sirvió de trampolín para sus aspiraciones presidenciales. Al leer el prólogo de principio a fin podemos observar la admiración y el respeto que inspiraban en el mexiquense la obra de Juárez y de los hombres de la reforma, forjadores de la verdadera independencia de México.

Después de haber presenciado el desaseado proceso de reforma del artículo 24 constitucional y las diversas violaciones al Estado laico en su primer año de gobierno, los mexicanos nos preguntamos: ¿es real la admiración de Peña Nieto hacia la figura de Juárez? Y si lo es, ¿por qué no ha salido a defender el legado juarista cada vez que la clase gobernante ha tenido la osadía de violentar el Estado laico? ¿Por qué no ha girado instrucciones a la Secretaría de Gobernación en el sentido de aplicar las sanciones correspondientes a los políticos que promueven el catolicismo, atropellando así la laicidad del Estado mexicano? ¿Por qué permite el activismo de los clérigos que se conducen sin respeto a las instituciones del Estado?

Al margen de que su admiración por Juárez sea real o no, el presidente de la República tiene el deber de mantener el carácter laico del Estado porque así lo dispone el artículo 40 de la Constitución y el 3° de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público. Tiene la obligación de respetarlo y hacer que se respete por su promesa de campaña, y porque México le dijo no al Estado confesional desde hace poco más de 150 años. Su deber es evitar retrocesos históricos y procurar la consolidación del Estado laico y del conjunto de libertades que de él emanan.

Para lograr esto último, los mexicanos tenemos el deber de involucrarnos, de alzar la voz, de exigir la aplicación de la ley. Lamentablemente hemos ido perdiendo la capacidad de reacción frente a los constantes atropellos al Estado laico por parte de la clase política y de los jerarcas católicos, quienes se niegan a aceptar que en México, muy a su pesar, sigue vigente el principio de separación del Estado y las iglesias.

El involucramiento de la sociedad puede evitar que se sigan presentando situaciones como las que se han dado en Michoacán y Morelos, donde el activismo social de algunos clérigos de la iglesia mayoritaria se realiza fuera del marco de la ley y sin respeto a las instituciones del Estado. En Morelos, la Academia, Litigio Estratégico e Incidencia en Derechos Humanos (ALEDIAC) alertó sobre el riesgo de que en ese estado se esté violentando el Estado laico por parte del obispo de Cuernavaca, Ramón Castro Castro y otros dirigentes de iglesias evangélicas.

Entiendo perfectamente bien la postura de los jerarcas católicos frente a un tema tan sensible como el aborto. Nadie espera ni les pide que cambien su respetable postura, sino que se conduzcan con respeto a las instituciones y dentro del rol que les corresponde como ministros de culto.


Los mexicanos celebraremos mañana el 208 aniversario del nacimiento de Don Benito Juárez García, el estadista que –bajo el impulso de su amor por México– expidió las Leyes de Reforma, nacionalizó los bienes eclesiásticos, separó la Iglesia y el Estado, exclaustró monjes y frailes, concedió el registro civil a las actas de nacimiento, matrimonio y defunción, secularizó los cementerios y las fiestas públicas y promulgó la libertad de cultos. Coincido totalmente con quien ha señalado que “no podemos permitir un retroceso en esta  conquista histórica que inició el Benemérito de la Américas, y que ha costado sangre mantener a través de nuestra historia”. ¡Viva Juárez!


Twitter: @armayacastro



miércoles, 19 de marzo de 2014

"EL PETRÓLEO HA SIDO NACIONALIZADO"

Por Armando Maya Castro

El general Lázaro Cárdenas del Río, rodeado de sus colaboradores, anuncia la nacionalización del petróleo mexicano


Ayer se cumplieron 76 años de la nacionalización de la industria petrolera, un hecho histórico que reviste gran importancia y el más alto interés nacional. La celebración del suceso me impulsó a escribir sobre la polémica reforma energética, promulgada por el presidente Enrique Peña Nieto el 20 de diciembre de 2013.

Diversos analistas han aplaudido dicha reforma, pues la consideran necesaria para generar crecimiento económico y para una mejor distribución del ingreso con los recursos provenientes de la industria petrolera. Esas voces aseguran que la modificación en cuestión se traducirá en la creación de cientos de miles de empleos y, por ende, en mejores condiciones de vida para la ciudadanía.

Pero no todos son de la misma opinión. Hay voces que aseguran que la reforma energética responde a las exigencias de Washington y a los intereses de un grupúsculo de empresarios mexicanos y extranjeros. Los que así piensan sostienen que la modificación de los artículos 25, 27 y 28 de la Constitución Política Mexicana representa la entrega del país a intereses ajenos, lo que asesta un golpe contundente al decreto expropiatorio emitido por el General Lázaro Cárdenas del Río, la noche del 18 de marzo de 1938.

Este hecho nos lleva a recordar que la nacionalización del petróleo intentó ponerle fin a la intolerable actitud de las compañías petroleras frente al país y al gobierno constituido. John Mason Hart nos dice que esa fecha [la de la expropiación] "fue recordada durante décadas por los dueños, administradores y empleados de las compañías estadounidenses como una jornada de 'hurto' y 'robo'. Poco después, Cárdenas ofreció pagar a las compañías con base en la cláusula de compensación de diez años inscrita en la ley de expropiación de 1936".

Para entender la necesidad de la expropiación petrolera, me remontaré a los últimos 20 años del siglo XIX. Por concesiones que Porfirio Díaz les concedió, se establecieron en el sur de Tamaulipas y en el norte de Veracruz diversas empresas petroleras procedentes de Inglaterra, Estados Unidos y Holanda. Estas compañías eran la "Pearson Son. Ltd" (de donde surge "El Águila"), la "Huasteca Petroleum Co" y la Trascontinental de Petróleo, S. A.". Tiempo después se instalaron en territorio mexicano la "San Mateo, S. A." y "Álamo de Pánuco, S. A.", entre otras. Durante su permanencia en nuestro país, estas empresas adquirieron terrenos a precios irrisorios, procedieron con prepotencia, defraudaron al fisco y adeudaron casi 30 millones de sueldos a sus trabajadores.

Gustavo Vidal Manzanares nos presenta una anécdota que demuestra la prepotencia de lo que él llama "mastodónticas compañías del crudo": "Cuando Lázaro Cárdenas, al mando de un destacamento, se propuso cruzar los pozos petroleros de Cerro Azul y Potrero del Llano, se encontró vallas de hierro que cerraban los caminos. ‘Prohibido el paso’. Tras identificarse, hubo de esperar más de una hora para que le franquearan el paso". Esto sucedió cuando Cárdenas se desempeñaba como Jefe de Operaciones Militares en la zona de las Huastecas y el Istmo, años antes de que ascendiera a la Presidencia de la República.

Desde su establecimiento en territorio mexicano, el actuar de estas compañías fue arbitrario y en perjuicio de los intereses de México. El autor antes mencionado, basado en un informe que los juristas Efraín Buenrostro, Mariano Moctezuma y Jesús Silva Herzog presentaron en 1937, señala:Los peritos descubrieron que [las compañías] evadían impuestos al registrar ganancias anuales de 22 millones de pesos cuando en realidad superaban cincuenta”. Entre agosto y octubre de 1937, Cárdenas buscó un acuerdo con las petroleras, las cuales se mantuvieron en la postura de no pagar, pese a que la Suprema Corte de Justicia falló a favor de los trabajadores.

Esta negativa hizo que el presidente de México tomara la decisión que ayer celebramos. A las 11 de la noche del 18 de marzo de 1938, a través de la radio, se escuchó decir al presidente Lázaro Cárdenas: "El petróleo ha sido nacionalizado". Con excepción de ciertos sectores de derecha y anticardenistas, la medida gubernamental fue aplaudida y respaldada por la totalidad de los ciudadanos, quienes se desprendieron de dinero, anillos de bodas, brazaletes y pendientes para pagar los bienes petroleros expropiados.

El pueblo de México ya pagó, pero volverá a pagar –nos dice John M. Ackerman–, “pero en esta ocasión el monto será mucho mayor, las contribuciones serán obligatorias y no serán motivo de orgullo, sino de indignación”. El columnista del diario La Jornada y del semanario Proceso tiene razón, como también la tiene cuando afirma que con la reforma  en comento “se allana el camino para el saqueo de la riqueza nacional por las empresas petroleras trasnacionales”.


Con la patriótica decisión de Cárdenas, al menos a 17 empresas extranjeras se les quitó poder para explotar el petróleo. En lo sucesivo, el petróleo sería para beneficio exclusivo de los mexicanos, algo que no ha ocurrido debido a la corrupción que ha imperado en Pemex, así como a los constantes gasolinazos que nos impuso el tristemente célebre Felipe Calderón Hinojosa. ¿Logrará la reforma energética el fin de los gasolinazos y que los mexicanos disfrutemos –como es justo– de la riqueza petrolera de México? Ojalá que así sea, pero temo que esto no suceda. 

sábado, 15 de marzo de 2014

AVANCES Y REZAGOS EN MATERIA DE DERECHOS HUMANOS

Por Armando Maya Castro

El presidente de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, Raúl Plascencia Villanueva, reconoció las acciones del Gobierno Federal para el fortalecimiento de una mayor cultura de la legalidad y de respeto a los derechos humanos

Con un llamado a los servidores públicos para que defiendan y hagan respetar los derechos humanos, el presidente de México, Enrique Peña Nieto, expuso el pasado miércoles los avances de su administración en dicha materia. Durante la ceremonia de entrega del informe de trabajo 2013, por parte del titular de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), el Jefe del Ejecutivo Federal reconoció la disminución de quejas en materia de violaciones a los derechos humanos, sobre todo por el nuevo enfoque de seguridad que se centra en proteger la integridad física de los ciudadanos.

El primer mandatario de la nación pidió a la clase gobernante no caer en triunfalismos, pues la tarea –reconoció– es permanente, y un compromiso irrenunciable del Gobierno federal para responder a una sociedad que exige mejores esfuerzos.

El que existan avances en materia de protección a las libertades fundamentales no significa que se haya terminado la pobreza, la intimidación, el maltrato, el bullying, la discriminación y la intolerancia religiosa, formas de violencia que urge erradicar de nuestro querido México.
El discurso de Peña Nieto nos lleva a recordar que un 10 de diciembre de 1948 fue promulgada la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el primer documento redactado por la Comisión de Derechos Humanos, órgano normativo que fue creado en 1946 para elaborar los documentos relativos a la defensa y protección de los derechos humanos de los habitantes de nuestro planeta.

Tras el Holocausto Nazi, en el que fueron exterminados sistemáticamente seis millones de judíos, la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó la citada Declaración “como ideal común por el que todos los pueblos y naciones deben esforzarse, a fin de que tanto los individuos como las instituciones, inspirándose constantemente en ella, promuevan, mediante la enseñanza y la educación, el respeto a estos derechos y libertades, y aseguren, por medidas progresivas de carácter nacional e internacional, su reconocimiento y aplicación universales y efectivos, tanto entre los pueblos de los Estados Miembros como entre los de los territorios colocados bajo su jurisdicción”.

Esta resolución, que consta de 30 artículos, surgió no sólo por el rechazo generado por la política hitleriana de exterminio de razas que incluía a judíos, gitanos, testigos de Jehová, homosexuales, vagabundos y comunistas, sino para frenar también los abusos perpetrados por algunos Estados en agravio de sus propios ciudadanos.

Cuando se habla de la Declaración Universal de los Derechos Humanos es obligado destacar que se trata del primer documento que logró abordar en detalle “la noción de que existe un conjunto de derechos internacionales y libertades fundamentales que los gobiernos están obligados a garantizar a sus ciudadanos”.

El tema obliga a plantearnos las siguientes preguntas: ¿Cómo estamos en materia de derechos humanos 65 años después de la proclamación de la citada Declaración? ¿Han cesado del todo las violaciones a las libertades fundamentales en las últimas seis décadas, al grado de que los seres humanos puedan considerar superada la amenaza de nuevas violaciones a sus garantías individuales? Veamos algunas de las respuestas a estas interrogantes.

En las últimas seis décadas se han dado importantes avances jurídicos en materia de derechos humanos. Nadie en su sano juicio puede negarlos, como tampoco nadie puede negar que a pesar de dichos avances los derechos humanos están lejos de convertirse en realidad para millones de mexicanos.

Los esfuerzos de las últimas décadas, encaminados a proteger y promover las libertades fundamentales, son innegables, como también es innegable que en los últimos tiempos se han producido innumerables atropellos en agravio de las minorías. Estas violaciones han sido perpetradas, entre otros, por los miembros del credo que ha alcanzado el estatus de religión mayoritaria, pero también por las religiones que han alcanzado similar categoría en las naciones pertenecientes al mundo musulmán.

La importancia de los esfuerzos realizados por la comunidad internacional en materia de derechos humanos es que a través de ellos se intenta corregir la larga, dolorosa e interminable historia de atropellos y violaciones, atribuible a la falta de respeto de las personas y grupos cuyo fanatismo los lleva a excluir y maltratar a quienes profesan un credo diferente al suyo.

Estará de acuerdo conmigo, estimado lector, que es bueno celebrar los avances, pero es mejor reconocer que se necesita mucho más para acabar con este tipo de prácticas y con los demás rezagos existentes en materia de derechos humanos.


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