miércoles, 30 de abril de 2014

LOS NIÑOS DE MÉXICO, ENTRE LA INSEGURIDAD Y EL MALTRATO

Armando Maya Castro

“A Eglantine Jeff, fundadora de la Unión Internacional para el Bienestar del Niño y la Caja Británica de Ayuda al Niño se debe que se consideraran los derechos de los infantes en la Declaración de Ginebra, donde se acordó dedicar, en cada país, un día del año para festejar a los pequeños” (Sofía García Murillo y Ernesto Soto Páez, En un día como hoy… Efemérides de la historia de México, Lectorum, México, 2003, pp. 94-95).

En 1924, en respuesta a dicha resolución, México fijó el 30 de abril de cada año para celebrar a los niños. Esto sucedió cuando el General Álvaro Obregón se desempeñaba como presidente de la República Mexicana, y el licenciado José Vasconcelos como ministro de Educación Pública.

El anterior fue uno de los primeros esfuerzos de la comunidad internacional en su preocupación por la niñez del mundo; un éxito de la extinta Sociedad de Naciones, organismo que efectuaba en aquella época un trabajo similar –aunque menos universal– al que realiza actualmente la Organización de las Naciones Unidas (ONU).  

El 14 de diciembre de 1954, la Asamblea General de la ONU fijó el 1° de octubre como Día Universal del Niño. Este es el día oficial, pero Naciones Unidas dio libertad para que todos los Estados realizaran la celebración “en la fecha y forma que cada uno de ellos estime conveniente". Tras esta resolución, el Día del Niño siguió celebrándose en México el 30 de abril.

La Convención sobre los Derechos del Niño, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 20 de noviembre de 1989, garantiza a lo largo de su articulado los siguientes derechos infantiles: derecho a la vida, al juego, a ofrecer sus opiniones, a tener una familia, a divertirse, a gozar de salud, a recibir protección contra el trabajo infantil, a un nombre y una nacionalidad, a disfrutar y conocer la cultura, a la alimentación y nutrición, a la educación y a vivir en armonía. Este tratado internacional obliga a los Estados Partes a asignar el máximo de sus recursos disponibles y a adoptar todas las medidas administrativas, legislativas y de otra índole para hacer efectivos los derechos ya mencionados.

Tristemente, a pesar de la citada Convención y de la Constitución General de la República, las niñas y niños de México siguen siendo un sector vulnerable de la población y enfrentan problemas agudos: de los 39 millones de niños que viven en México, seis de cada diez trabajan en condiciones de explotación sin oportunidad de estudiar, y tres de cada diez no tiene acceso a una alimentación adecuada. Esto según un estudio del Coneval y UNICEF. Con base en estos números, me atrevo a asegurar que estos niños no podrán disfrutar plenamente el día que les ha sido dedicado.

Tampoco lo disfrutarán  las niñas y niños que viven en los estados golpeados por la violencia que despliega la delincuencia organizada, como es el caso de Tamaulipas, donde los padres de familia solicitaron a las autoridades educativas cancelar las clases en las 900 escuelas que hay, debido a la escalada de violencia que impera en el sur de esa entidad.

¿Y qué me dice usted de los infantes que se han visto en la necesidad de abandonar la escuela debido a la inseguridad imperante en diversas comunidades de la sierra de Guadalupe en el Estado de México? Una de las madres de familia de la colonia La Mesa Xalostoc declaró a conocido diario capitalino: “Ya no quiero traer a los niños a la escuela, porque a un lado de mi casa encontraron una casa de seguridad y tenían una niña y es una vergüenza porque sólo se cambiaron de casa, están en la misma calle, los denunciamos, los agarran y salen pronto y quedamos en estado de indefensión porque al rato ya están delinquiendo”.

¿Cree usted que tendrán un feliz festejo las víctimas infantiles de los llamados daños colaterales, en referencia al perjuicio “no intencional” que producen las acciones militares, y que en México se han extendido a cuestiones fuera del ejército? Por supuesto que no lo tendrán. Y créame, no hablo de números insignificantes, sino de cifras elevadas y altamente preocupantes, dadas a conocer en 2011 por la Comisión de Atención a Grupos Vulnerables de la Cámara de Diputados: mil 600 menores de edad muertos y cerca de 40 mil niños huérfanos, todo esto en el marco de la infructuosa guerra de Felipe Calderón Hinojosa en contra del crimen organizado.

¿Y qué clase de fiesta tendrán los niños que son víctimas de trata, o aquellos que han sido victimados por personas sin escrúpulos que, para satisfacer sus bajos instintos y sus asquerosas aberraciones, se disfrazan de ciudadanos honrados y respetables, aprovechando sus cargos, hábitos y profesiones para abusar sexualmente de niños y adolescentes indefensos?


Estará de acuerdo conmigo, estimado lector, que el dolor de estos menores de edad, así como el de aquellos que sufren al lado de sus padres el flagelo de la pobreza, no se extingue con felicitaciones, juguetes, globos, desayunos, música, payasos y festivales en su honor. Sociedad y gobierno necesitamos hacer mucho más que eso; necesitamos desplegar nuestros mejores esfuerzos para construir el futuro de felicidad y bienestar que se merecen los niños de México. 

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